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Quizás, el mejor chocolate de Madrid

Todo el que viene a Madrid va a la chocolatería San Ginés. Por tradición, pase. Pero para amantes de chocolate exigentes, les recomiendo ChessCafe, a la salida del metro Acacias.

El local es una maravilla, colorido, alegre y decorado con imágenes de la serie Friends. Ofrecen desayunos, Smoothies, brownies, hamburguesas, nachos… ¡y el chocolate suizo!. Vale 2,20 euros pero merece la pena.

Es, quizás, el mejor chocolate de Madrid. ¡Yo me declaro fan!

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Comida vegetariana y mantras

Si les apetece comer en un ambiente diferente les recomiendo el Centro Cultural Hare Krishna (ISKCON), en la zona de Tribunal (Calle del Espíritu Santo, 19)

Es un centro hinduísta donde la gente reza sus mantras y hace actividades como hatha yoga, bhakti yoga, talleres de música, etc. Digamos que… ¡por el lugar se sienten muy buenas vibraciones!

Además, todos los días a las 15.15 h se abre el comedor y, por 6 euros, se tiene acceso a una bandeja de comida vegetariana, pan negro y te.

El ambiente es especial: olor a incienso, pies descalzos y comida en el suelo sobre un cojín, junto al resto de la gente. Entiendo que no es un lugar que guste a todo el mundo, pero yo volveré y les animo a probar 🙂

Miseria y Arte en el Metro

El metro de Madrid es un lugar extraño. Vuela, dicen, y es uno de los mejores del mundo. No obstante, en ese mundo subterráneo, prolifera la miseria. Más ahora, con la crisis.

Está el mendigo que se mete en la línea circular, y dando vueltas y vueltas tiene la oportunidad de dormir un rato. Y el señor mutilado que pide dinero para él, calificándose como “pobrecito”. Está el argentino del pianillo eléctrico y su hija, que toca una “pieza” con una sola sola mano, porque la pobre no tiene muchas nociones de música. Está el evangelista que nos intenta convencer que la crisis es un castigo de Dios y tenemos que ir a la puerta del Sol a escucharlos, y a arrepentirnos.

A veces hay gente que casi te hace llorar, como un señor que hoy nos ha enseñado unas fotos de sus hijos, nos ha contado que ya no cobra paro y no tiene trabajo y lleva cuatro meses sin pagar su alquiler. Lo van a echar y, además no tiene que comer. “El fin de semana pasada se nos gastó hasta el azúcar. Mis hijos me dicen papá, cómo tu vas a pedir al metro. Y yo les digo pues, mis hijos, yo no estoy haciendo nada malo. Peor sería que hiciera como otros y me fuera a robar”.

Tanta mierda, y perdónenme la palabra, la deja a una con los ánimos por los suelos. Me gustaría que los políticos y “los mercados”, ese ente abstracto, se dieran un viaje en el metro para que vieran lo que vive la gente, a ver si cuando se compran el coche nuevo o se van a un hotel de lujo en Dubai les da, por lo menos, mala conciencia. A los especularores, los corruptos (políticos, empresarios y… ¡puede que hasta un miembro de la realeza!), los que se llevan el dineros a paraísos fiscales y se cargan el sistema público…

Por suerte, cuando entro en fase de indignación y empiezo a andar rápido y a enfadarme con el mundo (Si es que tenía razón Mafalda…); aún sin salir del metro, encuentro un motivo para sonreir. Porque a pesar de todo, incluso en medio de la miseria, hay un hueco para el arte:

El Imperfecto

Hoy les traigo una recomendación para ir de cañas por Madrid. Se trata de uno de tantos pubs de Huertas, pero éste tiene un toquecito especial; se llama “El Imperfecto”.

Su encanto radica en lo caótico de su decoración: peluches de Mr Bean y Los Simpson, maniquíes de madera articulados, póster de The Doors, el viaje de Chihiro, un mapa de La Palma, una bola del mundo y una tele habitada ayer por los simios de Franklin Schaffner.

¿Qué se puede pedir? Pues desde tés exóticos a chocolate caliente y, por supuesto, cócteles y demás bebidas. ¿Precio? Un tinto de verano con Martini, 2,50 euros; un chupito, 2 euros. Vamos, normalito.

¿Se animan a conocerlo?

La cara humana de la crisis

Todo el que frecuenta el Paseo de la Castellana a la altura de Cuzco, la conoce. Yo la veo todos los días cuando voy a trabajar, haciendo girar las mazas de colores. Hace malabarismos entre los coches, todas las tardes, y se viste de colores vivos, como los juglares de la Edad Media. Siempre pienso que me gusta su sombrero negro, que lleva con gracia sobre un pelo lleno de rastas. Es una buscavidas. ¿Será feliz? Me pregunto. Nunca he visto a nadie echarle una moneda. Yo tampoco lo he hecho, lo admito. Siempre tengo demasiada prisa.

Normalmente los artistas ambulantes se cansan de su trabajo y lo abandonan. Eso se nota cuando frecuentas una misma línea de metro, o una calle determinada. Pero ella sigue ahí, como parte del paisaje vespertino, descontextualizando el ir y venir de los coches alemanes de los empresarios, con su burbuja circense. No he sido la única que se ha fijado en ella, basta poner en Google “malabarista, madrid, cuzco” para encontrarla.

Hoy ha pasado algo sobrecogedor. Algo tan antinatural como ver a un payaso triste, por ese patetismo que añaden a la situación las alegres vestiduras. Así me la encontré, sentada en una acera entrevías, llorando. Un señor se agachó y ella, entonces, se rebeló contra el mundo a gritos.

No se qué desencadenó su reacción, la gota que colmó el vaso. Sólo se que con acento argentino empezó a decir “Eso de que si trabajas duro las cosas te van a ir bien es una mentira. Yo he trabajado duro y ahora lo que tengo es un edema…” “Esos cabrones banqueros si que tienen dinero para comer” “La vida es una mierda”.

Y aunque no se quién es, ni si ella misma ha llevado su vida hacia esos puertos de desesperanza, su historia es el reflejo de la situación que estamos viviendo. Ella es una indignada. La frustración es el combustible de su arrebato. Y por eso, este post es mi homenaje a ella que, casi seguro, seguirá haciendo girar sus mazas en las carreteras, ante la indiferencia de los que le sacan el jugo al sistema.

Baobab

Chicos, le dejo una recomendación culinaria en Madrid. Si quieren comer bueno, abundante y barato (7-8 euros por un platazo) y algo diferente, no dejen de ir a Baobab. Es un restaurante de comida senegalesa con nombres divertidos. Está en Lavapiés, muy cerca del rastro. Eso sí, hay que ir temprano porque se forma cola.
Yo desde hoy soy fan. Estaba todo simplemente delicioso.

Princesas y dragones

El otro día, Maite me organizó una excursión a Manzanares El Real, uno de esos castillos cuya esencia reside más en la tierra que lo sostiene (donde se hayan huesos del medioevo o de la guerra civil, quién sabe) que en las paredes y los tapices, todo reconstruído.

Aunque para construcciones y reconstrucciones, aquellas de la realidad humana, que dificilmente conoce de límites hasta que uno alcanza la edad adulta y se acostumbra a confrontar lo que ve con lo que le han contado (papá Dios, reyes magos, ratoncito perez, amigas para siempre o el príncipe azul…).

En una de estas experiencias originarias de la desconfianza, en el citado castillo, había una nena pequeñita, enredada en las piernas de su madre. Cuando le preguntaron: “Bueno, qué, ¿te ha gustado el castillo?” ella respondía con su tierna vocecita: “Síii, pero no he visto ni princesas, ni dragones”.

Pobre angelito.